Historia de las farolas (I)

Asociadas a un periodo de elegancia y grandeza, las farolas siempre aportan cierta sofisticación a un jardín, y constituyen un elemento decorativo esencial en cualquier iluminación exterior. Y es que las farolas rústicas que normalmente encontramos en parques, museos y mansiones, destilan una clase y categoría difícilmente imitables.

Pero además de su innegable valor estético, la farola tiene otras funciones importantes: aumentar la seguridad, evitar accidentes y ahuyentar a los ladrones. Ya los griegos y romanos percibieron esta necesidad, y los más ricos instalaban antorchas de aceite (“laternas”) en el exterior de sus casas, que un esclavo llamado “laternarius” encendía puntualmente cada noche.

La primera noticia que se tiene de la instalación de alumbrado público data de la época del Imperio Árabe, y se situa en la ciudad de Córdoba. Varios siglos más tarde, nos encontramos con una decreto del alcalde de Londres, Sir Henry Barton, que en 1417 obliga a sus ciudadanos a iluminar el exterior de sus ventanas con antorchas durante las noches de invierno.  A partir de aquí, la evolución de las farolas va estrechamente ligada al desarrollo tecnológico y urbano.

A finales del siglo XVII, París disponía de más de 6.000 antorchas de aceite suspendidas a 4 metros de altura, que podían descender para su mantenimiento gracias a un sistema de poleas. En 1738 el número de antorchas iluminando las calles de Londres era ya de 15.000.

En 1792 William Murdoch ilumina su casa en Redruth, Cornwall (Reino Unido) con luminarias de gas, y esto marca el principio del uso de este combustible para la iluminación pública.

La primera muestra pública de farolas de gas se remonta a 1805, en el conocido Pall Mall de Londres, durante la ceremonia de celebración del cumpleaños del Rey. De echo, esta calle se convirtió en 1809 en la primera del mundo en ser iluminada de manera permanente por gas. El 31 de diciembre de 1813 el Puente de Westminster se ilumina con gas, y para 1823, más de 300 km de las calles de Londres están iluminadas con cerca de 40.000 lámparas de gas.

Farola a gas
Martin Caulfield encendiendo una farola a gas frente al Big Ben de Londres (foto: The Mirror)

En 1816 esta tecnología llega a Baltimore, que fue la primera ciudad de Estados Unidos en instalar farolas a gas. Poco después, las principales calles de Nueva York también se iluminan con 2.400 lámparas. Aún hoy se conservan ejemplares de ésta época, como la farola de Patchin Place, en Greenwich Village. En Londres, el ingeniero de gas Martin Cauldfield fue responsable, al menos hasta el 2011, de realizar el mantenimiento de las cerca de 1.600 farolas de gas que se conservan en la ciudad, incluída una frente al Big Ben.

Las primeras farolas se encendían manualmente, y un farolero recorría las calles cada atardecer para realizar esta tarea. Posteriormente, se inventaron mecanismos de encendido automático que prendían la llama cuando se abría el paso del gas.

Las luminarias a gas continuaron utilizándose hasta bien entrado el siglo XX, incluso después de la aparición de la luz eléctrica. En 1913 Nueva York contaba con más de 40.000 farolas a gas, que convivían con un número similar de farolas eléctricas de diferentes tipos.

Por lo que respecta a España, en 1826 el químico Josep Roura ilumina su laboratorio en Barcelona con un farol de gas. Esta noticia llega a oídos de Fernando VII, que rápidamente encarga a Roura la construcción de una fábrica de gas y de más de cien farolas, que en 1832 iluminarán el recorrido de su recién nacida hija por el centro de la capital española.